Uno. Dolor.

 Enero.

De Colombia a Casa, pero Casa ya no es la que me vio crecer, sino donde encuentro mis alas. Celebramos año nuevo en el avión, pero eso es lo único celebrable. Pienso mucho en el perdón y lo que significa perdonar de corazón, puramente, sin guardar rencores y me pregunto si realmente seré capaz de hacerlo. Hacerlo de verdad, me refiero. Entiendo también que volver a terapia es prioritario, y seguirá rondándome en la cabeza hasta principios de mayo.

Nunca sabes cuándo estás viviendo algo por última vez. Mi abuela me recibiría en la puerta, ese uno de enero, como tantas otras veces lo había hecho. Ahora que veo las últimas fotos que tengo de ella, se me hace raro verla canosa y encurbada; siempre que la recuerdo, me vienen a la cabeza tiempos en los que era menos anciana. Casi se me olvidan sus noventa y tres años y sus dolores de rodillas. En cambio, la sigo recordando tenaz, vigorosa, emprendedora, líder de familia. Y, al final, siento que recordarla así es un regalo inesperado. Estuve pocos días en enero, apenas pasé a saludar después de volver de Colombia. Fueron unos días tan anodinos que casi se nos olvida que, al final, la felicidad es esto: volver a casa a unos brazos amables, a un plato caliente, a una charla amigable. Y después, simplemente, recogí mis cosas e hice la maleta (como tantas otras veces) y les dije a mis abuelos que les quería mucho. Rieron, como siempre, mientras los comía a besos. Finalmente, mi abuela me apresuró a ir tirando porque perdería el tren hacia Sevilla. Y me despedí de ella, en la puerta (como tantas otras veces). Ella, con su jersey negro, su menudez y sus ojitos. Su olor, familiar, y su inmenso cariño (que siempre llevo conmigo). Nunca caí en que irme implicaba aceptar que las cosas pudiesen cambiar al volver. Siempre imaginé que tendría derecho a despedirme de ella, que habría el privilegio de decirle adiós. Ahora, cuando visito a mi abuelo, nunca voy con prisas a coger el tren.


Febrero.

Alguna ruta por Irlanda, algún viaje por Europa (Copenhague) pero, en realidad, nada parece realmente importante. 

Recibí un premio en LinkedIn que en su momento me hizo sonreir. O, más bien, me hizo sentirme querida por mi equipo. Organizaban una cena a finales de febrero en la que nos reuniríamos todos los que conseguimos el Rockstar Award. Faltando poco para el postre me llega un mensaje diciendo que el cáncer de Anita le estaba ganando la batalla. Me quedé en blanco mirando el tablero de la mesa y una compañera, a mi derecha, me pregunta: hey, ¿todo bien? Y la miro, ezbozando una sonrisa triste, mientras le confieso: a relative of mine is dying. Yane me acompaña a casa y me deja hablar. Me abraza fuerte mientras intento interiorizar que la están cambiando de unidad y que se la llevan ahí para que pase sus últimas horas (se la llevan a morir). 

Me fui despertando por la noche, revisando los mensajes, sin saber muy bien qué esperaba encontrarme. No recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con ella cuando estaba lúcida: en realidad, hacía mucho tiempo que no era 100% ella. Las últimas veces que escuché su voz era una voz débil, enfermiza y dolorida pero yo le decía que la quería mucho. Espero que supiera cuánto.


Marzo.

El uno de marzo la pude ver por última vez, a través de la pantalla del móvil. Estaba sedada y en los huesos y pensé que la vida era absolutamente injusta porque nunca he conocido a una persona que tuviese el corazón más grande que ella. 

No recuerdo muy bien la rutina de esos días; sé que fui al trabajo (ni idea de qué hice), esperando el último whatsapp que me confirmase su muerte. Llegó el dos de marzo. Su sobrina me envió un audio caótico, desbocado, desmedido y desesperado y todo el dolor vino de golpe. Estaba ya en casa y lloré sobre el sofá, sin saber muy bien cómo procesar la primera muerte que de verdad era cercana. Cómo te despides de la mujer que te ha criado toda la vida, que te recibió en brazos durante tus primeras horas de vida, cómo le agradeces suficientemente veinticinco años de amor incondicional.

El último viaje pre-COVID fue a Barcelona, el ocho de marzo, a una misa en su honor. No sé para quién era exactamente, pero fui allá, y lloré con mi hermano, y abracé a mi padre y por un segundo el dolor dolía un poco menos.

Si algo aprendí de marzo es que el duelo hay que pasarlo, y toma tiempo. Volví al trabajo a los dos días de perderla porque me jugaba una promoción y veía que mi mercado comenzaba a resentirse por el miedo al virus. Trabajé todas las horas que me daba el día hasta que llegué al puto target de final de mes. Y, a partir de ahí, no di más de mí.


Abril.

Escribí mucho en abril. El miedo a la pandemia, la incertidumbre del futuro, la pérdida de Anita... Estaba completamente quemada del trabajo y me sentía a mínimos. En cierta manera, ir a medio fuego es un sentimiento que no me ha abandonado en todo el año. Comencé a encontrar la forma de irme a la cama sin pensar en la muerte y me aficioné a los audiolibros, el asmr y las meditaciones guiadas para acabar el día. Nunca antes había tenido problemas para dormir, pero es otra de las cosas que me llevo de este año.

Al final sí me dieron la promoción y, honestamente, me supo a nada. Creo que tenía la capacidad de sentir muy atenuada. Recuerdo también las llamadas con mis abuelos, pidiéndole ayuda a mi abuela para cocinar. Siempre exageraba mis nulas capacidades culinarias para ver cómo se picaba. Ahora, cada vez que hago pimientos al horno, me acuerdo de ella. Cómo disfrutaba haciéndola reir. 

Finalmente, hablé con ella por última vez en San Jordi. Tengo la llamada grabada a fuego por la complicidad entre mis abuelos, algo que sólo se consigue tras sesenta y seis años de matrimonio ejemplar. Por algún motivo, se estaban chinchando por una bici estática que tenían en casa a la que, aparentemente, mi abuelo consideraba un montón de chatarra. Mi hermano y yo no podíamos parar de reir al verlos picados por algo tan tonto. Me dijo que me llamaría para mi cumple, el 26 de abril, y me recordó que lo tenía anotado en su calendario. Le dije que la quería, le envié muchos besos, y colgué.

Se acercaba mi cumple y no veía cómo tenía que celebrarlo. El año anterior lo había pasado en la UCI en Colombia, donde estuvo ingresada Anita. En 2019 nada me hizo más ilusión el día de mi cumple que los diez segundos en los que estuvo lúcida y murmuró tenuamente: feliz cumpleaños. Cómo iba a sentirme con ganas de celebrar este, el primero en que no estaba. Aún así, hice el esfuerzo de arreglarme un poco, pintarme los labios de rojo y salir a dar un paseo. Estaba especialmente pendiente de la llamada de mis abuelos pero, en cambio, mi padre nos envía un mensaje complatamente inesperado diciendo: la padrina està greu, preguem per ella.

La facilidad con la que la gente alude al Cielo al hablar del duelo me enfurecía y me sentían inconsolable. Hablando con Pablo, le pregunté cómo soportó él perder una hermana. Me dijo, entre otras cosas, que se sentía escuchado por sus muertos. Me reí por la simplicidad de la frase pero, amor, ahora te entiendo. En cierta manera, yo también las siento ahí.

Mi abuela murió doce horas después, lunes 27 de abril. Fue todo tan rápido e inesperado que, todavía a día de hoy, me engaño pensando que no me lo coge las llamadas por salido de paseo y que, cuando voy a Lérida, no la veo porque está buscando algo en casa de mi tía. Su voz todavía me acompaña. No me imagino un día en el que no sea así.


Mayo.

No tengo muy claro qué pasó, pero esta vez sí me cogí los días de baja que necesitaba. Salí a correr por necesitar las endorfinas y, por fin, pedí ayuda a una psicóloga. Comencé a pensar mucho en la muerte y en la efemeridad del ser y a raíz de ese sentimiento de pérdida escocieron heridas del pasado. Seguimos trabajándolas, poco a poco.

Paralelamente, y por acabar con algo más alegre, arranqué la e-commerce con Otalora. No sé cómo tenía fuerza para lanzar un proyecto en esas fechas. No tengo claro si me distraía o me agotaba pero, ahora que echo la vista atrás, casi que admiro la entereza con la que empecé un proyecto empresarial ambicioso. Con esto en mente, ir atrasada respecto al timeline que teníamos se hace más perdonable. (Cómo de duros tenemos que ser con nosotros mismos antes de darnos cuenta del daño que nos hacemos).

Y qué hubiese hecho yo sin Pablo, que fue bálsamo y fue refugio.


TBC

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